Orientaciones y recursos para los padres de familia

 


 Dialogando con los adolecentes

 

Más tarde lo hago

En cinco minutos empiezo.
Mañana de todas maneras lo hago.
Ya dije que lo voy a hacer y lo voy a hacer... más tarde.


¿Le parecen frases conocidas? Ahora, imagínese esta situación: domingo, ocho de la noche y su hijo recién empieza a hacer los deberes o a estudiar para el examen de mañana. ¿Cuál es el primer adjetivo que se le viene a la cabeza? ¿Ocioso? ¿Irresponsable? ¿Alguna vez usted ha dicho o hecho algo parecido?

Todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos evitado una tarea. Las personas dejan tareas para mañana, y cuando llega mañana, las dejan para el día siguiente. Tenemos la esperanza de que, de alguna manera mágica, esa tarea que estamos evitando "se haga". Esta dejadez generalmente se acompaña de sentimientos de culpa, autodenigración y en última instancia de desesperanza.

Las personas que suelen demorar la tarea, generalmente se ven a sí mismas como personas inadecuadas, con falta de habilidades y recursos para poder desempeñarse exitosamente, porque piensan que deben hacer todo de forma perfecta, y si no es así, no son personas valiosas. Esta forma de pensar se evidencia, por ejemplo, en un joven que estudia la noche anterior a un examen. Si no obtiene una nota sobresaliente, tiene la excusa para sí mismo de que "no estudió lo suficiente, por eso no salió bien". Pero muy probablemente también experimentará sentimientos de tristeza y de desesperanza, ya sea porque piensa que "es un irresponsable" o "no es lo suficientemente inteligente", cuando en realidad tiene un gran temor a no ser o hacer todo perfectamente.

El problema radica en que dejar las cosas para última hora se convierte en un círculo vicioso en el que el cual la persona no se atreve a esforzarse más por miedo a comprobar que su teoría es cierta: "quizás por más que me esfuerce no llegaré a hacer las cosas perfectamente lo que significaría que no soy lo suficientemente bueno", lo cual a su vez, alimentará su tristeza, concepto de sí muy pobre y desesperanza.

Por otro lado, estas personas piensan también que todo aquello que tienen que hacer es demasiado y será muy difícil satisfacer los estándares, porque si no se hace de forma perfecta, no vale. Lo que ocurre generalmente es que intentan abarcar todo lo concerniente a esa tarea y en consecuencia pensarán que su trabajo es demasiado pesado, muy laborioso y si no se hace bien, se le criticará. Usualmente esta forma de pensar genera sentimientos de minusvalía, angustia, ansiedad que finalmente pueden derivar en la inacción. Por ejemplo, un adolescente desaprueba un curso pues debía hacer una monografía pero lo que pretendió fue hacer una tesis universitaria. Cómo es lógico no la acabó o incluso nunca la comenzó porque iba a ser demasiado. El problema es que generalmente estas personas no aprenden de la experiencia sino que refuerzan sus ideas ("realmente era demasiado difícil") y desearán evitar la próxima situación parecida.

Cuando se ve esta conducta en los hijos, con diversos matices, es difícil mantener una postura objetiva, sin dejar de sentirse fastidiado o molesto por tener que dar soluciones a última hora. Otro factor que contribuye a nuestra reacción puede ser el pensar que este patrón de conducta afectará negativamente su desempeño y éxito en el futuro. El entender qué es lo que desalienta a su hijo, puede contribuir a establecer y fomentar hábitos de conducta más saludables, que se van a traducir en una visión del trabajo más deseable y enriquecedora.

A continuación le presentamos algunas sugerencias para combatir esta actitud de postergación de las tareas:

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Utilicemos el término apropiado: Cuando dejamos de hacer alguna tarea, significa únicamente que hemos dejado de hacer una actividad, y no que somos…. Cuando utilizamos adjetivos como "ocioso" ó "irresponsable" sólo logramos que nuestro hijo se sienta culpable o triste y que piense que él es así. Recuerde, uno puede cambiar sus acciones y aprender nuevas conductas. Si nos centramos en un cambio en su conducta, su hijo será más optimista y verá sus metas como algo posible de hacer.

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Mantenga una comunicación constante: Hágase la siguiente pregunta: ¿si su hijo nunca escribe un libro famoso, lo seguiría amando? Si la respuesta es sí, entonces usted esta diciendo que los méritos que obtenga su hijo no determinan su amor por él. Es importante que su hijo entienda esto. Hágale saber explícitamente que usted le ama y se preocupa por él, que prefiere que sus calificaciones sean buenas y que él se esfuerce, pero los logros que obtenga serán sólo de él.

¿Su hijo tartamudea?

Luis Romero, fonoaudiólogo y docente de la escuela de Fonoaudiología de la Universidad de Chile

Justo cuando los padres esperan que sus hijos se comuniquen fluidamente, algunos de ellos trastabillan, repiten sílabas y vacilan al hablar. En ocasiones, comienzan las correcciones para evitar que el niño hable así.

Frente a esta situación, frecuentemente los padres sobre reaccionan y surgen espontáneamente indicaciones como: "respire tranquilo y repítame lo que dijo", con lo que se "informa al niño que su forma de hablar no es del todo buena. En otras palabras, es el entorno el que le hace notar que es 'poco fluente'", señala el fonoaudiólogo y profesor de la Universidad de Chile, Luis Romero.

Y agrega: "Una vez que el niño toma conciencia de su problema, cada vez que hable va a hacerlo sabiendo que no se expresa bien. Es ahí cuando la tartamudez comienza a 'fijarse' en el habla del niño".

Pasar de esa situación a que el pequeño sea estigmatizado como "el tartamudo" entre los amigos, los compañeros de curso y hasta por sus hermanos, hay un solo paso. Por eso, conviene conocer cómo enfrentar este problema, muchas veces, pasajero.

El especialista explica que los padres deben tener en cuenta que en la primera infancia los niños piensan más rápido de lo que pueden expresarse, se apresuran y repiten sílabas. También deben tener claro que los pequeños no notan sus errores al hablar.

Se estima que el cuatro por ciento de los menores es tartamudo entre los cinco y los diez años. Y afecta cuatro veces más a niños que a niñas, según el fonoaudiólogo. En todo caso, los especialistas insisten en que no hay que alarmarse, pues en la mayoría de los casos no persiste. "Que se mantenga o no depende de una conducta relajada y respetuosa de los padres y del entorno".

Romero recomienda que los padres que noten que su hijo no se expresa bien, esperen por lo menos seis meses. Para ayudarlo deben hablarle lenta y claramente, y en ningún caso hacerle notar sus errores, ni presionarlo o completar sus frases.

Mitos y verdades de la tartamudez
Si bien durante años se estimó que el problema era una respuesta psicológica ante un trauma, hoy también se sostiene que es una disfunción de carácter orgánico. Según esta probada teoría, quienes tartamudean presentan zonas cerebrales con menos actividad metabólica cuando están hablando o leyendo. Es decir, presentan una disminución porcentual del diámetro de las arterias cerebrales y por eso el cerebro recibiría menos oxígeno y nutrientes.

No obstante, algunas de esas personas no desarrollan la tartamudez, o espasmofemia, por lo que se sostiene que, en esos casos, se desencadena ante un problema con el medio externo.

Para descartar la causa fisiológica es necesario acudir a un neurólogo o a un fonoaudiólogo, quienes además determinarán el tipo de tartamudez. La clónica es la más leve. El menor repite segmentos de sílabas o palabras, como por ejemplo, yo- yo-yo. La tónica, en cambio, es más grave, ya que el pequeño realiza un esfuerzo muscular mayor por unos segundos antes de hablar.

El fonoaudiólogo Luis Romero afirma que la tartamudez es más severa cuando el espasmo es más largo y compromete a diversos órganos. Y se trasforma en una patología si no se trata en forma adecuada.

Constancia: clave para una mejoría real

Según Romero, el 80 por ciento de quienes terminan el tratamiento obtienen buenos resultados.

Una vez establecido el origen del problema, el fonoaudiólogo trabaja en disminuir la ansiedad, erradicar los espasmos que el niño utiliza para que lo entiendan y hacer que se exprese más lentamente por medio de juegos y exagerando el modo de hablar.

No es fácil, asegura el profesional, quien agrega que para tener éxito es necesario no abandonar el tratamiento a medio camino. Sobre todo las niñas, a quienes les es más difícil superar la tartamudez, junto a los adolescentes y adultos.

Mientras más pequeño mejor responde su sistema nervioso al aprendizaje de una forma distinta de hablar, proceso que no se desarrolla solamente en la consulta del especialista, sino también en la familia y el colegio.

Finalmente, el especialista recomienda que tanto los padres como los profesores hablen pausadamente y con buena.

 

 

La agresión en los niños

La agresión se define como una conducta intencional que produce daño físico o mental a una persona o animal o en el daño o destrucción de la propiedad.

Desde muy temprana edad, los niños experimentan sentimientos de cólera y frustración, que son emociones provocadas por lo que piensan ante determinadas situaciones. Los arrebatos de agresividad son un rasgo normal en la infancia, pero cuando estos estallidos se convierten en un hábito, es decir en una manera de obtener las cosas, estamos ante un niño agresivo.

No puede hablarse de agresividad en el sentido estricto de la palabra, cuando se trata de niños pequeños, pues no existe el componente de intencionalidad. Un niño que le arrancha un juguete a su amiguito, tiene interés sólo en el juguete y no en hacer daño. Sin embargo a los dos años y medio o tres años se dan tantos jalones, patadas y mordiscos (bastante intencionales) como para decir que llegó la edad de la agresión.

En un inicio la agresión se debe básicamente a la lucha por obtener juguetes y atención. Existe ya un sentido de propiedad y aún es una etapa egocéntrica en la que compartir con otros no está dentro de sus planes. Si bien puede parecer paradójico, son los niños más competentes socialmente los que más pelean pues a su vez son los que más intentos hacen por relacionarse con los demás.

Conforme el niño va creciendo, va tomando conciencia del daño que causa en los demás con sus golpes y también, claro, del daño que los golpes le causan a él. Es entonces, alrededor de los seis años, cuando ya está en capacidad de ser menos egocéntrico y ponerse en el lugar del otro, que recurre al lenguaje como una alternativa con la que también obtiene resultados y que es menos dolorosa. Sin embargo no todos los niños logran dar este paso. Hay niños que por el contrario, reaccionan cada vez más agresivamente, lo que por lo general acarrea una serie de dificultades adicionales como fracaso escolar e incluso en conductas abiertamente antisociales.

Es importante intervenir corrigiendo la conducta agresiva antes de que se convierta en un estilo de conducta agresiva, que muchas veces al niño le resulta difícil parar a pesar de que le genera sufrimiento debido al rechazo social que acarrea.

¿Qué factores favorecen la conducta agresiva?
Si el niño obtiene lo que busca con su conducta, es muy probable que la próxima vez utilice el mismo método, ya que ha comprobado que funciona. Hay ocasiones en las que ante una conducta agresiva del niño, sin querer o sin saberlo, le damos lo que está buscando, ya que es posible que el niño prefiera atención, aunque sea negativa, a ninguna atención.

En algunos casos, podría bastar con dejar de prestarle atención, pero cuando la conducta agresiva causa daño a terceras personas, no actuaremos nunca con indiferencia, pues se corre el riesgo de que el niño interprete la falta de atención como aprobación.

Si bien la conducta agresiva en ocasiones nos hace sentir impotentes, es importante estar muy conscientes de que el castigo físico se convierte para el niño en un modelo de conductas agresivas, que además le generará más frustración y por lo tanto más agresión. Cuando el niño vive rodeado de modelos agresivos, puede entender la violencia como una manera efectiva de solucionar problemas. Recordemos que no sólo se enseña con palabras sino sobre todo con nuestras acciones.

ALGUNOS PUNTOS ÚTILES PARA REDUCIR Y PREVENIR LA AGRESIÓN

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No usar el castigo físico.

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Identificar las situaciones que le producen conductas agresivas para prevenirlas. Hablar con el niño antes de que esté en la situación y explicarle lo que va a suceder dándole alternativas de acción.

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Recompensar la conducta no agresiva inicialmente con elementos tangibles y refuerzos verbales además de proporcionándole tiempo y atención. Poco a poco se va eliminando los refuerzos tangibles.

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Desarrollar su tolerancia a la frustración. Explicarle que uno no siempre puede obtener lo que quiere y que molestándose mucho o golpeando no sacará nada bueno.

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Evitar que el niño esté expuesto a situaciones y modelos agresivos. Supervisar los programas que vea en TV., Evitar que pase mucho tiempo con niños que demuestran una conducta agresiva.

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La familia ejerce un papel fundamental; se ha visto que tanto padres autoritarios que desaprueban constantemente al niño, como padres demasiado permisivos, fomentan el comportamiento agresivo de los niños.

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La incongruencia en los mensajes de los padres también genera conductas agresivas, por lo que es importante ponerse previamente de acuerdo sobre cuáles serán las consecuencias que obtenga el niño por sus actos y acatarlo sin excepción tanto el padre como la madre.


 

 


 Dialogando con los niños

 

 

Los niños que no quieren ir a la escuela

El asistir a la escuela es un evento agradable para la mayoría de los niños pequeños. Pero para algunos esto conlleva miedo o pánico. Los padres tienen motivo de preocupación cuando el niño se enferma debido a la tensión, "finge estar enfermo" o exagera síntomas físicos para quedarse en casa y no ir a la escuela.

A menudo, el niño de entre cinco y diez años de edad que se comporta de esta manera está padeciendo un temor paralizante por tener que dejar la seguridad de la familia y de la casa. Es muy difícil para los padres hacer frente a este pánico infantil, pero estos temores pueden tratarse exitosamente con ayuda profesional.

Este miedo irracional suele aparecer por primera vez en los niños en edad preescolar o durante el primer grado, pero es más frecuente en los niños que cursan el segundo grado. El niño por lo general se queja de dolores de cabeza, de garganta o de estómago justo antes de la hora de irse a la escuela. La "enfermedad" se mejora cuando se le permite quedarse en la casa, pero reaparece a la mañana siguiente antes de ir a la escuela. En algunos casos, el niño se niega por completo a salir de casa.

El negarse a ir a la escuela aparece generalmente después de un período en el que el niño ha estado en casa en compañía de su madre, por ejemplo, después de las vacaciones de verano, de los días de fiesta, o después de una breve enfermedad. Puede pasar después de un evento que le produce estrés, tal como la muerte de un familiar o de una mascota, un cambio de escuela o una mudanza a un vecindario nuevo. Los niños que tienen un miedo irracional hacia la escuela pueden sentirse inseguros si se quedan solos en un cuarto y pueden demostrar un comportamiento de apegamiento hacia sus padres. Estos miedos son comunes en niños con el Desorden de Ansiedad.

Estos niños tienen dificultad para dormir, un miedo exagerado y un temor irreal hacia los animales, monstruos, ladrones o a la oscuridad. Los efectos potenciales a largo plazo pueden ser muy serios para un niño con miedos persistentes si no recibe atención profesional. El niño puede desarrollar serios problemas escolares y sociales si deja de ir a la escuela y de ver a sus amigos por mucho tiempo. Los padres y el niño se pueden beneficiar llevando al niño a un psicólogo o psiquiatra infantil, quien trabajará con ellos en su esfuerzo por hacer regresar al niño de inmediato a la escuela y a otras actividades diarias. Como el pánico surge al dejar la casa, y no por estar en la escuela, el niño por lo general está tranquilo una vez que está en la escuela. Para algunos niños se requiere un tratamiento extensivo para tratar las causas del miedo.

En cualquier caso, el miedo irracional de dejar la casa y a los padres se puede tratar con éxito, y los padres no deben tardar en buscar ayuda profesional. El médico del niño puede referir los padres a un psicólogo o psiquiatra infantil.

 


 

 

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